Pop Mart: Labubu y el auge viral de las cajas de juguetes sorpresa
La primera vez que me topé con un grupo de veinteañeros haciendo fila frente a una tienda de Pop Mart en el centro de Singapur, sosteniendo pequeñas cajas y cambiando figuras como si fueran moneda rara, lo descarté como otra moda pasajera impulsada por jóvenes. Pero al ver cómo la fila daba la vuelta a la manzana—y comprobar después que las acciones de la empresa se habían disparado más de un 1.200 % en apenas un año—me di cuenta de que estaba ocurriendo algo mucho más profundo.
En una era en la que la viralidad digital puede catapultar un producto de nicho al estatus de sensación global, Pop Mart se ha convertido en una de las historias de éxito de consumo más llamativas de China. Esta empresa juguetera de Pekín, conocida sobre todo por sus figuras de Labubu y su formato de cajas sorpresa (blind box), ha visto cómo sus ingresos crecían más de un 700 % en un solo año, transformándose de minorista regional en fenómeno global del coleccionismo. En 2024, Pop Mart facturó 1.800 millones de dólares—más del doble que el año anterior—gracias a una potente mezcla de escasez, sorpresa y un desarrollo muy hábil de propiedad intelectual. El precio de sus acciones se ha disparado hasta valoraciones astronómicas, y su fundador, Wang Ning, figura ya entre las personas más ricas de China.
Pero más allá del ruido mediático, la trayectoria de Pop Mart revela un cambio estratégico profundo en la manera en que el compromiso del consumidor, la creación de propiedad intelectual y la expansión minorista internacional se están fusionando en un nuevo modelo para la industria del juguete—y quizá también para las marcas de estilo de vida en general.
Diseñar el deseo a través del misterio y la comunidad
En el núcleo de la estrategia de Pop Mart hay una propuesta aparentemente sencilla: el misterio. La empresa vende sus juguetes en cajas sorpresa, un modelo similar al de las cartas coleccionables, en el que el consumidor no sabe exactamente qué está comprando hasta abrir el paquete. Esta experiencia de compra gamificada explota resortes muy potentes de la psicología del comportamiento—sobre todo la compulsión humana por completar una colección y la descarga de dopamina que provoca una sorpresa.
Para el público objetivo de Pop Mart—la Generación Z y los “kidults” millennials—esta imprevisibilidad no es un defecto, sino una característica esencial. Es la base de un ritual emocionalmente atractivo que hoy domina las redes sociales. Videos de unboxing, exhibiciones de colecciones y compras exclusivas en tiendas de otros países han convertido a personajes como Labubu y Molly en algo más que simples coleccionables: son artefactos culturales. Con precios que van desde 30 dólares hasta más de 170.000 en lanzamientos de edición limitada, los productos difuminan la frontera entre juguete, arte y activo especulativo.
El vínculo emocional también es comunitario. Las tiendas, máquinas expendedoras y canales digitales de Pop Mart fomentan un ecosistema de fans que se parece más a la cultura de los sneaker drops o a un fandom de K-pop que a la venta tradicional de juguetes. La empresa entiende que no está vendiendo solo figuras: está ofreciendo una experiencia.
Crecimiento basado en IP: un nuevo modelo para las marcas de consumo
El ascenso de Pop Mart no se basa únicamente en un empaquetado ingenioso. En su centro hay una estrategia de propiedad intelectual robusta y cada vez más global. Más del 85 % de sus ingresos de 2024 provinieron de colaboraciones originales con artistas, en lugar de personajes licenciados de grandes franquicias. Este control sobre la IP permite a Pop Mart definir su universo de marca y capturar margen y lealtad de clientes de una forma que el merchandising genérico no puede.
La estrategia empezó en 2016 con la serie Molly del artista hongkonés Kenny Wong y se aceleró con la línea Labubu de Kasing Lung, que hoy genera casi una cuarta parte de los ingresos anuales de la compañía. Este modelo liderado por artistas ofrece un doble beneficio: autenticidad creativa y un flujo renovable de innovación. En Norteamérica, la empresa está replicando el modelo con creadores locales como Libby Frame, cuya colección Peach Riot ya es un éxito regional.
Este enfoque de “el artista como IP” sitúa a Pop Mart en un punto intermedio único entre firmas de diseño japonesas como Dreams (creadora de Smiski y Sonny Angel) y minoristas de gran distribución como Miniso. Mientras Dreams prioriza la IP doméstica y Miniso enfatiza la escala y el precio, Pop Mart ofrece escasez, narrativa y contacto directo con el cliente.
Una estrategia global con sabor local
Las ambiciones de Pop Mart son cada vez más internacionales. Sus ingresos en el extranjero se triplicaron en 2024 y ya representan casi el 40 % de las ventas totales, frente al 17 % del año anterior. La empresa cuenta con más de 500 tiendas y 2.000 máquinas expendedoras en todo el mundo, y planea duplicar su presencia en EE. UU. con 20 nuevas tiendas antes de que acabe 2025.
De forma crucial, la marca no se limita a exportar productos chinos: adapta su oferta a los gustos locales. Las colaboraciones con artistas ya incluyen creadores de diversas culturas y sus líneas de productos empiezan a reflejar las preferencias de consumo occidentales. Esta estrategia de localización es clave para evitar el destino de otras modas nacidas en Asia que no lograron adaptarse a otros mercados.
No obstante, la expansión internacional también conlleva riesgos—el principal, las tensiones geopolíticas. Con el aumento de la fricción en las relaciones comerciales entre EE. UU. y China, y el escrutinio regulatorio sobre productos con mecánicas “similares al juego”, el modelo de cajas sorpresa podría verse bajo presión. Singapur ya ha propuesto límites al valor de las cajas, y China ha prohibido su venta a menores de ocho años. Un producto viral puede convertirse fácilmente en blanco regulatorio.
¿Moda pasajera o modelo sólido? El desafío de la longevidad
Pese a su éxito arrollador, Pop Mart enfrenta una pregunta fundamental: ¿es un negocio construido sobre un modelo duradero o un momento viral? La respuesta dependerá de su capacidad para evolucionar.
La empresa ya está ampliando su catálogo más allá de las cajas sorpresa, hacia peluches, accesorios y formatos digitales y experienciales. Explora parques temáticos y narrativas interactivas, lo que apunta a la aspiración de convertirse no solo en una compañía de productos, sino en un universo narrativo. Si logra trasladar sus personajes a formatos de entretenimiento más amplios—videojuegos, animación o experiencias inmersivas—su valor de marca podría multiplicarse más allá del mercado de coleccionistas.
Sin embargo, los riesgos son reales. El mercado de falsificaciones—sobre todo la creciente ola de muñecos “Lafufu”—empieza a erosionar la imagen premium de la marca. Las redes sociales, que impulsaron su ascenso, podrían desviar la atención de los consumidores hacia otra tendencia. Y la confianza de los inversores sigue siendo volátil, como evidenció la caída del 10 % de sus acciones en junio de 2025 tras noticias regulatorias desde China.
El camino por delante: cultura, comercio y personajes como IP
La historia de Pop Mart es representativa de una nueva generación de marcas de consumo: aquellas que combinan diseño, escasez, interacción social y narrativa globalizada en un modelo minorista que trasciende categorías. Al igual que LVMH para el streetwear o Nintendo para la nostalgia gamer, Pop Mart ofrece un caso de estudio sobre cómo el apego emocional y la excelencia en diseño pueden redefinir lo que significa “vender juguetes”.
La próxima etapa pondrá a prueba su capacidad de escalar ese vínculo sin diluirlo. Mucho dependerá de su habilidad para seguir nutriendo relaciones con artistas, adaptar sus formatos a nuevas culturas y sortear vientos regulatorios con transparencia y agilidad.
Por ahora, Labubu y sus amigos son el rostro de una máquina de exportación cultural de 43.000 millones de dólares—y un recordatorio de que, en la era de la atención, incluso un juguete “feo-adorable” puede convertirse en un fenómeno global.



