Meta dispara su inversión en inteligencia artificial con otro centro de datos en Texas
El megaproyecto en Texas refleja la creciente presión por asegurar capacidad computacional en la nueva economía digital.
El desierto del oeste de Texas está a punto de convertirse en uno de los epicentros globales de la inteligencia artificial. Meta Platforms ha decidido multiplicar por más de seis su inversión inicial en un gigantesco centro de datos en El Paso, elevando el compromiso total hasta los 10.000 millones de dólares. La cifra no solo refleja la ambición de la compañía, sino también la intensidad de una carrera tecnológica en la que las grandes plataformas compiten por dominar la infraestructura que sustentará la próxima década digital.
El proyecto, que inicialmente se concibió como una inversión de 1.500 millones de dólares, ha evolucionado hasta convertirse en una de las apuestas más agresivas de Meta en materia de infraestructura. La instalación, con una superficie de más de un millón de pies cuadrados, aspira a alcanzar una capacidad de 1 gigavatio para 2028, una escala que la sitúa entre los mayores complejos de su tipo en el mundo.
La guerra silenciosa por la capacidad computacional
Detrás de esta decisión hay una lógica clara: la inteligencia artificial se ha convertido en el principal campo de batalla entre los gigantes tecnológicos. Bajo el liderazgo de Mark Zuckerberg, Meta ha intensificado su gasto en infraestructura hasta niveles sin precedentes. La compañía ya anticipó a comienzos de año que sus inversiones de capital podrían alcanzar los 135.000 millones de dólares, una cifra que ilustra la magnitud del desafío.
A diferencia de competidores como Google, Amazon o Microsoft, Meta no cuenta con un negocio consolidado de servicios en la nube. Esta ausencia convierte cada dólar invertido en infraestructura en una apuesta más directa —y también más arriesgada— sobre el futuro de sus productos, desde redes sociales hasta modelos avanzados de inteligencia artificial.
El nuevo centro de datos no es una instalación aislada, sino parte de una red en expansión que ya suma alrededor de 30 complejos en todo el mundo, la mayoría en Estados Unidos. Texas, en particular, se consolida como un nodo estratégico gracias a su disponibilidad de suelo, energía y condiciones regulatorias favorables.
La inversión no se limita a los edificios. Meta está reforzando su cadena de suministro con acuerdos multimillonarios para adquirir chips y sistemas de última generación. Ha estrechado lazos con Nvidia y Advanced Micro Devices, y recientemente se comprometió a ser el primer cliente de un nuevo procesador para centros de datos desarrollado por Arm Holdings. A esto se suma el desarrollo interno de sus propios aceleradores, una señal clara de que la empresa busca controlar cada capa crítica de la pila tecnológica.
Crecimiento, empleo y tensiones locales
Más allá de la estrategia corporativa, el proyecto tendrá un impacto tangible en la economía local. Se espera la creación de unos 300 empleos permanentes, mientras que durante la fase de construcción el número de trabajadores podría superar los 4.000. Para una ciudad como El Paso, estas cifras representan una inyección significativa de actividad económica.
Sin embargo, el auge de los centros de datos también ha generado fricciones. A medida que estas infraestructuras proliferan en Estados Unidos, aumentan las preocupaciones de las comunidades locales, especialmente en torno al consumo de agua y electricidad. No se trata de temores abstractos: en algunos casos anteriores, como un proyecto de Meta en Georgia, se reportaron problemas reales de suministro hídrico tras el inicio de las obras.
Consciente de este contexto, la compañía ha intentado anticiparse a las críticas. El centro de El Paso utilizará sistemas de refrigeración líquida en circuito cerrado, diseñados para reciclar el agua y minimizar el consumo. Según las estimaciones de la empresa, el uso hídrico será comparable al de un campo de golf típico de la región. Además, Meta ha anunciado iniciativas para restaurar recursos hídricos y colaborar con organizaciones como DigDeep para llevar agua potable a comunidades que aún carecen de acceso básico.
En paralelo, la empresa se ha comprometido a añadir más de 5.000 megavatios de energía limpia a la red, un esfuerzo que busca mitigar el impacto energético de estas instalaciones, conocidas por su elevado consumo eléctrico.
Entre la presión del mercado y la apuesta a largo plazo
El momento de esta inversión no es casual. Meta atraviesa una etapa de escrutinio por parte de los inversores y del entorno regulatorio. Sus acciones han caído significativamente en lo que va de año, en parte afectadas por reveses judiciales relacionados con la moderación de contenidos en sus plataformas. Al mismo tiempo, la compañía ha anunciado recortes de empleo en varias divisiones, evidenciando una reasignación de recursos hacia áreas consideradas estratégicas, especialmente la inteligencia artificial.
Esta dualidad —recortes en el corto plazo e inversiones masivas a largo plazo— refleja una transformación más profunda. Meta está redefiniendo su identidad: de ser principalmente una empresa de redes sociales a convertirse en un actor central en la infraestructura de la inteligencia artificial.
El gigantesco complejo de El Paso simboliza esa transición. En el silencio del desierto texano, lejos del bullicio de Silicon Valley, se está construyendo una pieza clave de la economía digital futura. Y aunque el éxito de esta apuesta aún está por verse, una cosa parece clara: en la nueva era de la inteligencia artificial, la escala —y la capacidad de financiarla— se ha convertido en la ventaja competitiva definitiva.



