Matcha: La economía del oro verde
En una húmeda mañana de verano en el barrio de Asakusa, en Tokio, los turistas hacen fila frente a Kaminari Issa, un café cuyo menú parece una declaración de amor al matcha. Allí se sirve cerveza de matcha, profiteroles rellenos de crema de matcha e incluso fideos de matcha. Pero la verdadera estrella es el fino polvo verde, vendido en pequeñas latas que desaparecen de los estantes en cuanto se reponen. Detrás del mostrador, la encargada, Miku Sugawara, explica por qué ahora se ve obligada a racionar las ventas: “Nos llegan correos pidiendo cantidades enormes de matcha de golpe. Nos alegra la demanda, pero no podemos vender tanto como nos gustaría”.
Su comentario refleja la paradoja del matcha en 2025. Lo que antes era un producto reservado para ceremonias de té con siglos de historia se ha convertido en una obsesión global, impulsada por las redes sociales y abrazada por consumidores preocupados por la salud, desde Los Ángeles hasta Ciudad Ho Chi Minh. Y, sin embargo, mientras la demanda se dispara, la producción tropieza con obstáculos: el impacto del clima, la escasez de mano de obra y un cultivo que exige paciencia y precisión. El resultado es un mercado en el que el matcha abunda en los cafés pero escasea en las cadenas de suministro, y en el que los precios suben como si se tratara de un metal precioso.
Esta es la historia de cómo una tradición ritualizada se transformó en un superalimento viral y de cómo Japón se enfrenta hoy a una encrucijada: ¿puede satisfacer la demanda mundial sin sacrificar la calidad, la herencia cultural ni el control de una de sus exportaciones más valiosas?
Los orígenes del matcha se remontan a casi 900 años atrás, cuando los monjes budistas zen en Japón lo utilizaban para mantener la concentración durante la meditación. El té verde en polvo se convirtió en el eje de la ceremonia del té, el chanoyu, que evolucionó hasta convertirse en uno de los rituales culturales más refinados de Japón. La ceremonia, guiada por los principios de armonía, respeto, pureza y tranquilidad, requería apenas una pizca de polvo batido en agua caliente, un mundo completamente distinto a los actuales batidos rebosantes de matcha.
El punto de inflexión llegó a finales del siglo XX, cuando las exportaciones gastronómicas japonesas—del sushi al ramen—comenzaron a moldear la cultura culinaria global. El matcha se subió a esa ola, aunque su auge real se produjo en la última década. En Instagram, su color esmeralda resultó irresistible para los gurús del bienestar. En TikTok, los vídeos de lattes espumosos de matcha se hicieron virales, transformando lo que había sido una bebida meditativa en un símbolo de estilo de vida para millennials y la Generación Z.
La narrativa de la salud reforzó la tendencia. Su concentración de catequinas, especialmente el EGCG (galato de epigalocatequina), se promocionó como un potente antioxidante capaz de acelerar el metabolismo o reducir el estrés. Aunque la ciencia aún debate hasta qué punto estas afirmaciones son ciertas, la percepción bastó. En una era dominada por las bebidas funcionales y la alimentación “limpia”, el matcha ofrecía un paquete casi perfecto: beneficios para la salud, cafeína sin nerviosismo y un atractivo visual diseñado para triunfar en redes sociales.
En 2024, Japón exportó té verde por valor de 36.400 millones de yenes (247 millones de dólares), cuatro veces más que en 2014. Casi la mitad tuvo como destino Estados Unidos, donde el matcha fue adoptado tanto por cafés boutique como por grandes cadenas como Starbucks.
Pero el matcha no es un producto agrícola más. Su economía se parece más a la de un bien de lujo o al café de origen único. El matcha de alta calidad proviene exclusivamente del tencha, hojas de té cultivadas bajo sombra para potenciar la clorofila y los aminoácidos. Producir tencha requiere mucho más trabajo que cultivar sencha, el té verde más común en Japón. Las hojas deben recogerse a mano, someterse a un proceso de vapor y secado muy preciso, y luego molerse en piedra. Solo la molienda es un cuello de botella: puede tardarse una hora en obtener apenas 40 gramos de polvo.
Esta primavera, en las subastas de té de Kioto, los precios del tencha se dispararon un 170% interanual, hasta los 8.235 yenes (56 dólares) por kilo, más del doble del récord anterior. Los minoristas aseguran que los precios para los consumidores también se han duplicado en un año. En Tokio, algunas tiendas limitan las compras para evitar el acaparamiento y la reventa, mientras que las plataformas en línea orientadas al mercado estadounidense permanecen agotadas de forma crónica.
El cambio climático agrava la situación. Las olas de calor récord de 2025 dañaron los campos de té en Japón y generaron temores sobre cosechas más reducidas. La falta de mano de obra añade otra complicación: la población agrícola dedicada al té envejece con rapidez, y pocos jóvenes están dispuestos a asumir un trabajo físico exigente con retornos económicos modestos. A diferencia de otros cultivos de gran escala, el tencha no puede mecanizarse ni industrializarse fácilmente sin perder calidad.
El resultado es una cadena de suministro que funciona más como un mercado de lujo con cuellos de botella que como un cultivo masivo: materia prima escasa, procesamiento artesanal y una demanda global que crece más rápido de lo que puede escalar la oferta.
Ninguna empresa ilustra mejor este dilema que Ito En, el mayor vendedor mundial de té verde embotellado. Ante la avalancha de pedidos, en mayo de 2025 creó una división dedicada exclusivamente al matcha. Aun así, con su extensa red de agricultores contratados, solo logra asegurar 600 toneladas de tencha al año, frente a las 7.000 toneladas de té verde común. Para protegerse frente a la escasez, la compañía anunció subidas de precios de entre el 50% y el 100% en todos sus productos de matcha y té verde a partir de septiembre.
El cuello de botella no está solo en los campos, sino también en los molinos. Como explica el ejecutivo de Ito En, Yasutaka Yokomichi, aumentar la producción exige inversiones en nuevas instalaciones de molienda, costosas y lentas de poner en marcha. “Nuestras fábricas y contratistas trabajan al límite”, señala. La compañía evalúa nuevos gastos de capital para garantizar el suministro tanto al mercado local como al internacional.
Al mismo tiempo, emprendedores independientes como Chitose Nagao, de Atelier Matcha, prosperan gracias a las relaciones directas con cultivadores de Kioto. Nagao abrió su primera cafetería en plena pandemia, cuando los inventarios de té acumulaban polvo sin venderse. Hoy gestiona locales en Japón, Vietnam y próximamente en Filipinas, todos beneficiados por turistas deseosos de consumir matcha en su lugar de origen. Su historia demuestra que los pequeños jugadores pueden encontrar su espacio en este nicho, pero solo si logran un suministro seguro.
La trayectoria del matcha recuerda la de otras “superfoods”. La quinoa, base de la dieta andina durante siglos, triplicó su precio a comienzos de los años 2010 al dispararse la demanda occidental. El auge enriqueció a algunos agricultores, pero también distorsionó sistemas alimentarios locales. Los aguacates se convirtieron en símbolo de estilo de vida global durante el mismo periodo, provocando deforestación y escasez de agua en México. El açai, una baya amazónica, pasó de ser sustento regional a ingrediente de batidos en todo el mundo, generando tanto prosperidad como preocupación por la sobreexplotación.
El patrón se repite: cuando la demanda global choca con una oferta limitada y culturalmente enraizada, los precios suben y surgen tensiones. Para Japón, el matcha es a la vez un producto agrícola y un embajador cultural. A diferencia de la quinoa o los aguacates, que pueden cultivarse en distintos países, el matcha de alta calidad está íntimamente ligado al terroir japonés, a su clima y a sus tradiciones agrícolas. Eso otorga a Japón un monopolio, pero también la responsabilidad de escalar con cautela.
Consciente de la oportunidad económica y del valor cultural en juego, el gobierno japonés estudia subsidios para animar a los agricultores a plantar más tencha. El objetivo es estabilizar la oferta y mantener el liderazgo de Japón en exportaciones de matcha. Pero persisten los retos: los campos de té compiten con otros cultivos por la tierra, y las nuevas generaciones muestran escaso interés en el sector. Incluso con ayudas, ampliar la producción de tencha requiere un compromiso a largo plazo que muchos agricultores dudan en asumir por miedo a que la moda pase.
Algunos productores creen que la clave está en educar al consumidor. No todos los productos con matcha—como postres o bebidas saborizadas—necesitan polvo de calidad ceremonial. Fomentar el uso de calidades inferiores podría aliviar la presión sobre la oferta premium. Otros apuestan por diversificar. El hojicha, un té verde tostado con perfil de sabor a frutos secos, empieza a perfilarse como la “próxima gran tendencia” en los cafés japoneses. Para emprendedores como Nagao, ampliar el paladar del consumidor puede ser la única manera de evitar la fatiga del matcha.
Para las multinacionales de alimentación y bebidas, el matcha encierra tanto oportunidades como riesgos. Por un lado, es un producto premium que permite altos márgenes y se alinea con la tendencia del bienestar. Por otro, la volatilidad de la oferta y la inestabilidad de precios dificultan planificar líneas de producto a largo plazo. Algunas empresas valoran la integración vertical, asegurándose contratos directos con agricultores japoneses o incluso invirtiendo en instalaciones de molienda.
Queda además la incógnita de los sustitutos. ¿Podrían otros países intentar producir té “estilo matcha” para cubrir la demanda mundial? Aunque China y Taiwán cultivan tés verdes aptos para pulverizar, los expertos sostienen que el matcha japonés auténtico es único en sabor y calidad. Sin embargo, en los mercados masivos, los consumidores podrían no distinguir entre “auténtico” y “sabor a matcha”. Si la escasez persiste, aumentará el riesgo de imitaciones y de una dilución del mercado.
El matcha está en un momento decisivo. Ha logrado pasar de lo ritual a lo mainstream, pero su futuro depende de que Japón pueda ampliar la oferta sin erosionar la calidad. Si el país invierte en agricultura sostenible, capacidad de molienda y relevo generacional, el matcha podría consolidarse como un producto emblemático, al nivel del whisky o el sushi. Si no, la escasez podría empujar a los consumidores hacia sustitutos o relegar el matcha a un lujo reservado para unos pocos.
Para los inversores, la lección es tratarlo menos como una materia prima y más como un bien de lujo, sujeto a marca, herencia cultural y primas de escasez. Para los políticos, el reto pasa por equilibrar la oportunidad económica con la custodia cultural. Y para los emprendedores, la oportunidad está en anticipar la próxima ola, ya sea el hojicha, combinaciones con kombucha o un nuevo superalimento listo para conquistar la imaginación del mundo.
Lo que está claro es que el matcha ya no es solo té. Es un caso de estudio sobre cómo tradición, cultura y comercio pueden entrelazarse para crear un fenómeno global, y sobre lo frágil que este puede resultar cuando el polvo verde que lo alimenta empieza a escasear.



