La bolsa desafía a la guerra: los mercados en máximos mientras Iran sigue sin resolverse
Los mercados financieros viven una paradoja aparente: el S&P 500 acumula máximos históricos en medio de un conflicto armado con Irán, un shock petrolero sin precedentes y la economía perdiendo fuerza.
Hay momentos en la historia de los mercados financieros en que la realidad y los precios parecen hablar idiomas distintos. Este es uno de ellos. Mientras el estrecho de Ormuz permanece parcialmente bloqueado, los precios del petróleo siguen elevados y los organismos internacionales advierten sobre los riesgos de una recesión global, el índice S&P 500 cerró esta semana en niveles récord por segundo día consecutivo, superando por primera vez en su historia la barrera psicológica de los 7.000 puntos.
Para el ciudadano de a pie que ve las noticias por la noche, la escena resulta desconcertante. Una guerra en Oriente Medio, un vicepresidente que abandona las negociaciones de paz en Pakistán y un alto el fuego que se deshace como azúcar en el agua; y, sin embargo, los operadores en el parqué de la Bolsa de Nueva York celebran como si el mundo fuera a mejor. La explicación no está en la negación ni en la irracionalidad, sino en algo más sutil y revelador: los mercados no reflejan el presente. Reflejan una apuesta sobre el futuro.
“La bolsa no intenta poner precio a lo que ocurre hoy”, explicó Joe Seydl, economista jefe de mercados en J.P. Morgan Private Bank. “La bolsa siempre intenta poner precio a cómo será el mundo dentro de seis o doce meses”. Esta distinción, aparentemente simple, es la clave para entender por qué los inversores han decidido ignorar, o al menos minimizar, el ruido bélico y apostar por una resolución rápida del conflicto.
El recorrido del índice desde el inicio de la guerra, declarada el 28 de febrero de 2026, ilustra bien esta dinámica. En las primeras semanas, el S&P 500 cayó cerca de un 8%, sacudido por el miedo a que el bloqueo iraní del estrecho de Ormuz —por el que transita aproximadamente el 20% del petróleo y el gas natural del mundo— provocara una espiral inflacionaria de consecuencias globales. Fue, en términos históricos, la mayor interrupción en el suministro de petróleo que se recuerda. Los precios del crudo se dispararon. Los analistas empezaron a actualizar a la baja sus previsiones de crecimiento. El ambiente era de verdadera alarma.
Pero entonces algo cambió. No en el campo de batalla, sino en la mente colectiva del mercado.
El efecto memoria y la apuesta sobre Trump
Desde el mínimo registrado el 30 de marzo, el S&P 500 ha recuperado todo el terreno perdido y ha seguido subiendo con fuerza, acumulando una revalorización de cerca del 11% desde ese valle. El catalizador no fue una victoria militar ni un acuerdo de paz definitivo, sino algo más intangible: la confianza de los inversores en que Donald Trump terminará cediendo antes de que el daño económico se vuelva insoportable.
Este fenómeno tiene incluso su propio nombre en la jerga de Wall Street: el “TACO trade”, acrónimo en inglés de la expresión “Trump always chickens out”, que podría traducirse libremente como “Trump siempre se echa atrás”. La idea es que el mercado ha aprendido, a través de episodios anteriores, que el presidente estadounidense —por mucho que eleve la retórica— tiene un umbral de tolerancia al dolor económico relativamente bajo, y que, cuando los mercados caen con suficiente violencia, termina encontrando una salida negociada.
El precedente más reciente y más citado es el del “Día de la Liberación” de abril de 2025, cuando la administración Trump anunció una batería de aranceles sobre prácticamente todos sus socios comerciales. La bolsa se desplomó más de un 12% en cuestión de días. Apenas setenta y dos horas después, la Casa Blanca anunciaba una pausa de noventa días en la aplicación de esos aranceles. El mercado respondió con uno de los mayores rebotes diarios de su historia reciente. La lección quedó grabada a fuego en la memoria de los gestores de fondos.
“Los mercados tienen memoria”, afirmó Seydl. Y esa memoria se activa ahora cada vez que aparece un titular que sugiere avances en las negociaciones de paz, aunque sean tímidos y frágiles. Mark Zandi, economista jefe de Moody’s, lo formuló de manera aún más directa: “Los inversores creen firmemente —y han sido condicionados a creer— que Trump va a dar marcha atrás, que encontrará la forma de declarar la victoria y pasar página”.
El propio Trump ha rechazado con energía esa interpretación, presentando su estilo de negociación al borde del abismo como una táctica deliberada. Pero el mercado, pragmático por naturaleza, no juzga las intenciones; juzga los patrones de comportamiento. Y el patrón, por ahora, parece claro.
La inteligencia artificial como escudo invisible
Hay un segundo factor, menos obvio pero igualmente poderoso, que ayuda a explicar la resistencia de Wall Street: el peso descomunal que han adquirido las empresas tecnológicas y de inteligencia artificial en la composición del S&P 500. Hoy, ese sector representa casi la mitad de la capitalización total del índice, lo que lo convierte en un colchón de proporciones históricas frente a los shocks externos.
“Esas acciones funcionan con su propia dinámica, independientemente de cualquier otra cosa, incluida la guerra en Irán”, señaló Zandi. “Creo que habríamos caído mucho más y que la recuperación habría sido mucho más difícil de no ser por las perspectivas extraordinariamente optimistas en torno a la inteligencia artificial”.
El entusiasmo inversor por la IA no muestra signos de agotamiento. Seydl habla abiertamente de un “boom tecnológico” estructural que, a su juicio, seguirá siendo el motor del mercado mientras los inversores no perciban que el ciclo ha tocado techo. A ello se suma un entorno de resultados empresariales que, en términos generales, ha sorprendido favorablemente: el gasto del consumidor en Estados Unidos se mantiene estable y las empresas se están beneficiando de algunas medidas fiscales incluidas en la llamada “gran y bella ley” republicana, que facilita la deducción anticipada de inversiones y, por tanto, reduce la carga impositiva efectiva.
El cuadro que emerge es el de un mercado que tiene razones propias, internas y estructurales, para resistir la presión de los acontecimientos geopolíticos. No es inmune —la caída inicial del 8% lo demostró— pero sí es más robusto de lo que cabría esperar en tiempos de guerra.
Sin embargo, los economistas advierten de que esta ecuanimidad tiene un precio y un límite. El Fondo Monetario Internacional, en palabras de su director de investigación, Pierre-Olivier Gourinchas, advirtió esta semana de que “a pesar de la noticia reciente de un alto el fuego temporal, parte del daño ya está hecho, y los riesgos a la baja siguen siendo elevados”. Un conflicto prolongado, lejos del escenario base que el mercado está descontando, podría desencadenar una corrección severa —técnicamente definida como una caída del 10% o más desde los máximos— e incluso algo peor si Trump no cumple el papel que le ha asignado el imaginario inversor.
“Todo el mundo cree que sabe cuál es el guión”, reflexionó Zandi. “Ahora solo necesitan seguirlo. Si no lo hacen, el mercado tendrá problemas de verdad”.
Para el inversor particular, la lección que se desprende de todo esto no es nueva, pero sigue siendo la más difícil de aplicar en momentos de tensión: intentar anticiparse al mercado es un ejercicio de vanidad estadística. Quien haya salido corriendo en los peores días de febrero o marzo, probablemente se habrá perdido uno de los rebotes más rápidos y potentes del año. “Es mejor adoptar una perspectiva a largo plazo y capear los episodios de volatilidad”, concluyó Seydl. Un consejo tan sencillo de enunciar como complicado de seguir cuando las pantallas se tiñen de rojo y los titulares hablan de guerra.



