Israel desafía la lógica de la guerra: su economía crece mientras el Medio Oriente arde
Israel lleva tres años en guerra. Su bolsa sube un 20%, su moneda se aprecia y su economía crece más que todo el G7. Nadie lo vio venir.
En medio de un conflicto bélico sin precedentes en su intensidad reciente, Israel ha logrado algo que desafía cualquier manual de economía de crisis: sus mercados suben, su moneda se fortalece y su PIB supera al de todas las economías del G7. ¿Cómo es posible?
Hay pocas situaciones en la historia económica moderna tan contraintuitivas como la que protagoniza Israel en 2026. Un país que lleva casi tres años en pie de guerra —primero contra Hamas en Gaza, luego contra Hezbollah en el Líbano, y más recientemente en un conflicto directo con Irán— debería, en teoría, estar viendo cómo su economía se contrae, sus inversores huyen y su moneda se desploma. Sin embargo, la realidad es exactamente la opuesta.
El Banco de Israel, a pesar de haber recortado su previsión de crecimiento para este año, espera que la economía israelí crezca un 3,8% en 2026. Para ponerlo en perspectiva: el FMI estima que Israel crecerá un 3,5% este año, frente al 2,3% de Estados Unidos y el 1,3% de la Unión Europea, lo que significa que su PIB superará en rendimiento al de todos los países del G7 en 2026. Y si los frentes bélicos se cierran, el gobernador del banco central, Amir Yaron, ha declarado que la economía israelí podría rebotar hasta un crecimiento del 5,5% el próximo año.
Estas cifras no son producto del optimismo gubernamental. Son proyecciones de organismos multilaterales independientes que, al observarlas, obligan a hacerse una pregunta incómoda: ¿qué sabe Israel que el resto del mundo no?
Los cimientos de una economía blindada
La respuesta, como suele ocurrir con los fenómenos económicos aparentemente milagrosos, es multifactorial. No existe un único ingrediente secreto, sino una combinación de fortalezas estructurales que se han ido acumulando durante décadas y que ahora actúan como amortiguadores ante el impacto de la guerra.
Israel tiene una ratio de deuda sobre PIB significativamente inferior a la de muchos países desarrollados: el FMI prevé una tasa del 69,8% para este año, muy por debajo de la media del G7, que se sitúa en el 123,7%. Esta holgura fiscal le otorga al gobierno margen de maniobra para sostener el gasto militar sin comprometer la estabilidad macroeconómica a corto plazo. Además, la tasa de desempleo aumentó apenas marginalmente hasta el 3,2% en marzo, cifra inferior al 4,3% de Estados Unidos y al 6,2% de la zona euro.
Quizás más sorprendente aún es el comportamiento de la inflación. Mientras que los precios del petróleo han encarecido la vida en Estados Unidos, la Unión Europea y el Reino Unido, la inflación israelí se ha mantenido estable e incluso ha caído ligeramente hasta el 1,9% en marzo, dentro del rango objetivo del 1% al 3% fijado por el banco central. En un contexto de guerra con un país productor de energía como Irán, este dato resulta casi asombroso.
Keren Uziyel, analista principal de la Economist Intelligence Unit, señala que la clave está en la naturaleza misma del tejido productivo israelí. Las exportaciones de bienes y servicios de alta tecnología han sido el principal motor del crecimiento y la creación de riqueza durante las últimas dos décadas, aunque la economía también ha crecido con fuerza en otras áreas, como el desarrollo de recursos de gas natural y las exportaciones de defensa.
Este último punto merece especial atención. En 2025, Israel registró sus dos mayores operaciones de inversión extranjera directa de la historia, ambas en el sector de la ciberseguridad. Google adquirió Wiz por 32.000 millones de dólares, y Palo Alto Networks se hizo con CyberArk por 25.000 millones, ambas operaciones completadas en marzo de 2026. Irónicamente, la guerra no ha ahuyentado a los gigantes tecnológicos estadounidenses; al contrario, parece haberles recordado el valor estratégico del ecosistema de innovación israelí, forjado en gran medida por la inteligencia militar y las unidades tecnológicas de las Fuerzas de Defensa.
A esto se suma un factor demográfico que pocos países desarrollados pueden envidiar. La población israelí ha crecido cerca de un 2% anual durante gran parte de las últimas dos décadas, y en términos de estándares del mundo desarrollado, su población es relativamente joven. Incluso en términos per cápita, el desempeño económico ha sido sólido en los últimos veinte años. Mientras Europa envejece y sus sistemas de bienestar crujen bajo la presión demográfica, Israel alimenta su fuerza laboral con una natalidad que las economías occidentales contemplan con nostalgia.
Cuando los mercados desafían al pánico
Si los datos macroeconómicos resultan llamativos, el comportamiento de los mercados financieros israelíes bordea directamente lo inverosímil. Karen Schwok, fundadora y directora ejecutiva de la firma de inversión Lucid Investments con sede en Tel Aviv, describe la situación con una frase que resume bien el fenómeno: “Los mercados no solo han sido resilientes, sino extraordinariamente fuertes. Es un verdadero cambio del shock hacia la normalización.”
Desde principios de año, el índice Tel Aviv 35 ha subido alrededor de un 20%, consolidando su rally del 51,6% registrado en 2025. El índice más amplio Tel Aviv 125 acumula una subida superior al 17% en lo que va de año. Estas cifras ponen al mercado israelí a la cabeza del ranking de rentabilidad entre las principales bolsas del mundo desarrollado, por delante de los tres grandes índices de Wall Street.
Pero quizás el dato más revelador no venga de la renta variable sino del mercado de divisas. El séquel israelí ha ganado casi un 7% frente al dólar estadounidense desde comienzos de año, incluyendo una apreciación de alrededor del 4% durante los dos meses que lleva la guerra con Irán, precisamente el período en el que los inversores globales han huido en masa hacia el dólar como activo refugio. Que una moneda de un país en guerra se aprecie contra el dólar en momentos de tensión geopolítica extrema no tiene precedentes recientes.
Schwok atribuye esta dinámica, al menos en parte, al retorno del capital extranjero. Los flujos entrantes se concentran en los sectores tecnológico, financiero y vinculado a la defensa. La guerra, paradójicamente, ha actuado como un catalizador para la industria de defensa israelí, cuyos fabricantes están comenzando a asegurar contratos en el exterior a medida que los aliados occidentales buscan diversificar sus cadenas de suministro militares.
Sin embargo, sería un error leer esta narrativa de resiliencia como un cheque en blanco para el futuro. Joao Gomes, profesor de finanzas en la Wharton School de la Universidad de Pensilvania, advierte que la economía israelí está comenzando a acusar los efectos de la guerra con Irán, especialmente en forma de escasez de trabajadores en edad productiva que han sido movilizados para el conflicto y un debilitamiento del gasto de los consumidores por razones de seguridad. El turismo también se ha visto gravemente afectado.
La deuda pública, aunque manejable, no es inmune al esfuerzo bélico. El gobierno ha incrementado sustancialmente su endeudamiento, lo que requerirá ajuste fiscal, aunque sigue siendo sostenible siempre que Israel pueda asegurar un marco de paz que permita una reducción significativa del gasto en defensa, preserve la confianza de los inversores extranjeros y mantenga su base de talento.
El escenario alternativo, el que ningún analista quiere proyectar pero todos tienen en mente, es más sombrío. Según Gomes, en ausencia de un acuerdo de paz exitoso, los riesgos incluyen salidas de capital, debilidad de la moneda y, muy probablemente, inflación. La fortaleza que hoy exhibe el séquel podría revertirse con la misma rapidez con la que se construyó, si la percepción de riesgo del inversor extranjero cambia de signo.
La situación diplomática, por su parte, sigue siendo sumamente volátil. La administración Trump prorrogó la semana pasada el plazo del alto el fuego para dar más tiempo a las negociaciones de paz con Irán, aunque Trump declaró el 23 de abril que no tiene prisa en cerrar un acuerdo ni está dispuesto a fijar plazos. Uziyel, de la EIU, es categórica al respecto: incluso si se produce un avance en las negociaciones, cualquier tregua será extremadamente frágil y el riesgo de que Israel actúe de forma unilateral, al menos en el Líbano, es elevado.
Lo que la experiencia israelí pone de manifiesto, con toda su complejidad y sus contradicciones, es que la relación entre conflicto armado y desempeño económico no es lineal. Un Estado con instituciones sólidas, un sector privado sofisticado, un capital humano de primer nivel y una posición estratégica en industrias de alto valor añadido puede sostener, al menos durante un tiempo, un crecimiento que en otras circunstancias parecería imposible. La pregunta que queda abierta —y de cuya respuesta depende en buena medida el futuro del país— es si esa resiliencia tiene un límite temporal, o si Israel ha encontrado la fórmula para prosperar incluso en la adversidad más extrema.



