China reactiva el reactor de torio que podría transformar la energía mundial
En la árida extensión de la provincia china de Gansu, ha tenido lugar discretamente una resurrección científica gestada durante décadas. Basándose en investigaciones estadounidenses desclasificadas de la era de la Guerra Fría, científicos chinos han puesto en marcha el primer reactor de sales fundidas alimentado con torio operativo del mundo. Este avance podría marcar un punto de inflexión histórico en la tecnología energética—nacido no de la innovación con fines de lucro, sino del redescubrimiento de una I+D pública abandonada. A medida que el mundo busca alternativas limpias y escalables a los combustibles fósiles, el torio podría convertirse en la clave para desbloquear un futuro nuclear más seguro y sostenible.
Un reactor en el desierto… y una carrera contrarreloj
El avance chino no es únicamente tecnológico, sino también geopolítico. El pequeño reactor, enterrado en el desierto de Gobi, se basa en investigaciones desarrolladas por el gobierno estadounidense en el Laboratorio Nacional Oak Ridge durante la década de 1960—un proyecto abandonado en favor de diseños basados en uranio que facilitaban el desarrollo de armamento. La ironía es clara: mientras que EE. UU. descartó el torio por su escasa utilidad militar, China, décadas después, identificó su valor estratégico como fuente de energía limpia, abundante y segura.
La Academia China de Ciencias pasó más de una década descifrando y mejorando los antiguos planos de Oak Ridge. Su logro, anunciado en 2024, marcó la primera reacción en cadena nuclear sostenida con sales de torio. Aunque modesto en escala—solo 2 megavatios térmicos—este hecho supone un cambio monumental: por primera vez, un futuro impulsado por torio deja de ser meramente teórico.
La promesa olvidada del torio
El torio ha sido durante décadas un secreto a voces entre científicos como posible “santo grial” de la energía nuclear. Más seguro, limpio y mucho más abundante que el uranio, el torio es un material fértil que debe convertirse en uranio-233 fisible para mantener la reacción. Esto lo hace menos propenso a fugas radiactivas incontroladas o a su proliferación con fines bélicos. Sus defensores aseguran que los reactores de torio pueden funcionar a presión atmosférica, evitar escenarios catastróficos como Chernóbil o Fukushima y reducir drásticamente la duración de la toxicidad de los residuos nucleares de milenios a pocos siglos.
Su mayor ventaja quizá sea su abundancia: es un subproducto de la minería de tierras raras—especialmente abundante en China—y su densidad energética es extraordinaria. Teóricamente, una sola mina podría abastecer la demanda energética global durante un año. Sin embargo, los reactores comerciales de torio siguen siendo esquivos debido a desafíos en ciencia de materiales, complejidad en el reprocesamiento del combustible y la inercia regulatoria heredada.
Por qué Estados Unidos dio la espalda al torio
La decisión de abandonar el torio fue política y estratégica, no técnica. Tras la Segunda Guerra Mundial, la energía nuclear se concebía como una herramienta de influencia geopolítica. El uranio—y su derivado el plutonio—permitían fabricar bombas; el torio, no. Alvin Weinberg, entonces director de Oak Ridge y defensor de los reactores de sales fundidas de torio, fue apartado de su cargo. En Washington primó la utilidad militar y la familiaridad burocrática sobre la innovación civil a largo plazo.
Además, las dificultades de licenciamiento jugaron su papel. Los reactores de combustible líquido quedaban fuera de la zona de confort regulatoria, y sin patrocinio comercial ni financiación militar, el torio quedó en el olvido. El impulso logrado con el experimento de reactor de sales fundidas (MSRE) en los 60 se desvaneció, y sus hallazgos quedaron archivados… hasta que China los recuperó.
De planos desclasificados a ventaja estratégica
La apuesta china por el torio no es mero interés científico: es una jugada estratégica. Ante la creciente demanda energética, la preocupación por la contaminación y el objetivo de liderar tecnologías de nueva generación, Pekín ha invertido en alternativas que eluden los sistemas heredados de Occidente. El torio encaja perfectamente. En 2009 nació su programa nacional de torio; en 2023 logró una reacción controlada; en 2024, el primer reactor piloto estaba operativo.
Según sus investigadores, han ido más allá de replicar: han mejorado aleaciones como Hastelloy-N para resistir la corrosión de las sales fundidas e introducido un sistema para añadir combustible sin interrumpir la operación—un hito para la estabilidad continua. Ya trabajan en una versión de 60 MW que podría estar lista en 2030. Si se logra, China podría comercializar una clase de reactores que antes se consideraban demasiado experimentales para su escalado.
Entre la expectación y la realidad: los retos pendientes
Pese a su potencial, el torio enfrenta obstáculos importantes. Extraer y reprocesar su combustible es costoso. El medio de sales fundidas, aunque elegante en teoría, es altamente corrosivo y requiere materiales avanzados y una gestión muy cuidadosa. Ningún país ha demostrado todavía la viabilidad económica del torio a gran escala. Experimentos previos en Alemania, India y Estados Unidos se cerraron antes de llegar a la fase comercial.
Sus críticos afirman que se exageran su seguridad y simplicidad. Otros advierten que no hay que magnificar el logro chino: el reactor de Gansu es más pequeño que algunos reactores universitarios. Sin embargo, el progreso de China plantea una cuestión clave: si el torio tiene éxito, ¿quién controlará el futuro de la innovación nuclear?
Implicaciones estratégicas: hacia un nuevo paradigma energético
Para los responsables políticos, el surgimiento del torio es más que una curiosidad técnica: es un punto de inflexión estratégico. La capacidad de producir en masa reactores que no requieran torres de refrigeración, que funcionen en desiertos y no generen subproductos aptos para armamento podría transformar el mapa energético. Reduciría la dependencia del petróleo, bajaría las emisiones y desplazaría el centro de gravedad geopolítico de las regiones ricas en combustibles fósiles hacia aquellas con ambición científica.
Estados Unidos ya no está solo en la innovación nuclear. La danesa Copenhagen Atomics planea probar un reactor de torio a escala comercial en Suiza para 2026. Varias startups estadounidenses intentan revivir diseños de sales fundidas, aunque con obstáculos regulatorios y falta de financiación. India, pese a tener las mayores reservas mundiales de torio, sigue limitada por acuerdos de no proliferación.
Conclusión: un largo camino de vuelta al futuro
El reactor de torio chino es un triunfo de la visión a largo plazo frente a los incentivos inmediatos. Retoma una senda que Estados Unidos abrió y luego abandonó—no por su fracaso, sino porque no encajaba con su momento histórico. Hoy, la urgencia climática, la inseguridad energética y la búsqueda de soberanía tecnológica convergen para devolverle relevancia.
Esta no es solo la historia de un reactor en el desierto. Es la historia de lo que ocurre cuando un país recoge la antorcha olvidada por otro. El torio quizá tarde décadas en alimentar ciudades, pero si este discreto avance chino es indicio de algo, el futuro energético podría depender no de reinventar la rueda, sino de terminar el trabajo que una vez dejamos a medias.
Como afirmó Zu Hong, líder del proyecto chino: “Para lograr algo significativo en este campo, hay que estar dispuesto a dedicar entre 20 y 30 años a una sola misión”. Esa misión, que EE. UU. guardó en un cajón, ahora avanza a toda velocidad en otro lugar. El resto del mundo debe decidir si la sigue… o se queda atrás.



