Economía

La era de los robots: cuando la fuerza laboral deje de ser humana

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Durante décadas, la automatización fue presentada como una promesa lejana, una fuerza silenciosa que optimizaría procesos sin alterar de forma drástica la estructura del empleo. Hoy, esa narrativa parece haber cambiado de tono. Si algunas de las previsiones más ambiciosas se cumplen, en pocas décadas podría haber más robots con inteligencia artificial que trabajadores humanos en activo. La afirmación, que hace apenas unos años habría sonado a ciencia ficción, ahora se discute en los despachos de los consejos de administración y en los foros económicos internacionales con una naturalidad inquietante.

Rob Garlick, antiguo responsable de innovación y futuro del trabajo en Citi, sostiene que la combinación entre el culto empresarial a la rentabilidad y el vertiginoso progreso tecnológico está preparando “la mayor sustitución de la historia económica”. Según su análisis, a medida que la inteligencia artificial haga más tareas, mejor y a menor coste, la presión competitiva empujará a las empresas a reemplazar personas allí donde las máquinas ofrezcan una ventaja clara.

Las cifras que se manejan refuerzan esa impresión. Un informe de 2024 elaborado por el equipo de Citi proyecta que el número de robots con capacidades de inteligencia artificial —desde humanoides industriales hasta vehículos autónomos y sistemas domésticos— podría alcanzar los 1.300 millones en 2035. Para 2050, la cifra superaría los 4.000 millones. En un mundo donde la población activa global apenas crece, la simple comparación aritmética anticipa un punto de inflexión histórico.

Rentabilidad sin fricción: la lógica económica detrás del reemplazo

El argumento central no es tecnológico, sino financiero. En un entorno corporativo que recompensa de forma casi exclusiva la eficiencia y el margen, cualquier innovación que reduzca costes laborales se convierte en una ventaja estratégica. Garlick subraya que hoy ya es posible adquirir un robot humanoide con un periodo de amortización inferior a diez semanas frente a determinados salarios humanos. En otras palabras, la inversión inicial se recupera en apenas unos meses gracias al ahorro en nóminas.

Los cálculos son elocuentes. Un robot con un coste de 15.000 dólares podría compensar su precio en menos de un mes si sustituye a un trabajador con un salario por hora elevado, y en pocos meses incluso frente a sueldos más modestos. Modelos más avanzados, con precios en torno a los 35.000 dólares, también presentan plazos de retorno sorprendentemente breves. Frente a esta lógica, el trabajador humano queda en desventaja estructural: necesita descanso, formación continua, cobertura sanitaria y, sobre todo, salario recurrente.

El mensaje que se desprende no es que las empresas deseen prescindir de personas por principio, sino que la dinámica competitiva las empuja hacia ello. En sectores donde los márgenes son estrechos y la presión de los accionistas intensa, ignorar una herramienta que promete reducir costes de forma tan drástica puede resultar inviable. La automatización deja así de ser una opción estratégica para convertirse en una obligación defensiva.

El ascenso silencioso de los agentes de IA

Si los robots físicos representan la cara visible de esta transformación, los agentes de inteligencia artificial constituyen su dimensión más expansiva y menos tangible. Estos programas autónomos, capaces de tomar decisiones y ejecutar tareas con mínima supervisión humana, se están integrando rápidamente en las estrategias corporativas.

El informe Work Trend Index de Microsoft revela que una amplia mayoría de directivos espera incorporar agentes de IA de forma masiva en el plazo de un año o año y medio. En paralelo, McKinsey & Company ha reconocido que ya emplea decenas de miles de agentes digitales junto a su plantilla humana, y prevé alcanzar la paridad entre ambos en un horizonte de 18 meses. La consultora, tradicional barómetro de las tendencias empresariales, parece actuar como laboratorio de un modelo híbrido donde humanos y algoritmos comparten responsabilidades.

La lógica es similar a la de los robots físicos, pero aplicada al trabajo cognitivo. Los agentes pueden analizar datos, redactar informes, programar, gestionar flujos logísticos o atender clientes. Y lo hacen sin horarios, sin vacaciones y con una curva de aprendizaje acelerada gracias a modelos que se perfeccionan con el uso. En sectores intensivos en información, el impacto potencial es tan disruptivo como el de la robotización industrial en el siglo XX.

No es casual que en el Foro Económico Mundial de Davos, Elon Musk anticipara un escenario de abundancia radical, con más robots que personas y una producción de bienes y servicios casi ilimitada. Desde una perspectiva optimista, la automatización masiva podría traducirse en menores precios y mayor prosperidad material. Pero la transición hacia ese hipotético equilibrio plantea interrogantes profundos sobre distribución de renta y cohesión social.

El mercado laboral ante el “tsunami” tecnológico

Las señales ya son visibles. Grandes corporaciones como Amazon, Salesforce, Accenture, Heineken y Lufthansa han vinculado recortes de plantilla a la adopción de tecnologías basadas en inteligencia artificial. En Estados Unidos, decenas de miles de despidos en 2025 estuvieron relacionados, directa o indirectamente, con la automatización.

Desde el ámbito multilateral, la directora gerente del International Monetary Fund, Kristalina Georgieva, ha advertido que la IA está impactando el mercado laboral “como un tsunami” y que la mayoría de países no está preparada para gestionar la magnitud del cambio. La metáfora no es casual: un fenómeno de esta escala no solo desplaza empleos concretos, sino que altera el equilibrio entre capital y trabajo.

Sin embargo, no todas las voces son pesimistas. Jensen Huang, consejero delegado de Nvidia, sostiene que el auge de la IA generará empleos altamente remunerados en el diseño y fabricación de chips, así como en oficios especializados vinculados a la construcción y mantenimiento de infraestructuras tecnológicas. En esta visión, la destrucción de ciertos puestos se vería compensada por la creación de otros más cualificados.

La historia económica ofrece precedentes para ambas lecturas. Cada gran revolución tecnológica ha desplazado ocupaciones, pero también ha dado origen a nuevas industrias. La diferencia, en esta ocasión, radica en la velocidad y el alcance. La inteligencia artificial no solo automatiza tareas manuales, sino también cognitivas, y lo hace a una escala global casi instantánea.

El desafío, por tanto, no es simplemente tecnológico, sino político y social. Si el número de robots y agentes digitales supera efectivamente al de trabajadores humanos, la pregunta central dejará de ser cuántos empleos se pierden o se crean. Pasará a ser cómo se distribuyen los beneficios de una productividad sin precedentes y qué papel desempeñará el ser humano en una economía donde la eficiencia ya no dependa de su trabajo.

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