Estados Unidos

Análisis de Galaxy Digital: De cripto banco a REIT digital para inteligencia artificial

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A finales de 2022, cuando el invierno cripto se sentía más crudo que nunca, pocos imaginaban que una operación casi discreta en el oeste de Texas acabaría marcando el futuro de una de las firmas más influyentes del ecosistema. Galaxy Digital ($GLXY), el holding fundado por Mike Novogratz, decidió en aquel momento hacerse con un centro de minería de Bitcoin en apuros en Dickens County, por el que pagó 65 millones de dólares. El campus, conocido como Helios, pertenecía a un minero sobreapalancado que no logró resistir el desplome del mercado.

En aquel entonces, la compra parecía oportunista, poco más que un movimiento defensivo para aprovechar un precio de saldo. Texas estaba plagado de proyectos similares: enormes naves llenas de ASICs conectadas a la red de ERCOT, operadas por compañías que habían apostado todo a que el Bitcoin seguiría multiplicando su valor indefinidamente. Cuando eso no ocurrió, los balances se desplomaron.

Galaxy, que hasta entonces se había definido como una especie de “Goldman Sachs cripto” con toques de holding al estilo Berkshire Hathaway, añadió Helios a su balance casi como una nota al pie. Pero con el paso de los meses, y sobre todo con la explosión del fenómeno de la inteligencia artificial generativa, lo que parecía una anécdota terminó convirtiéndose en la piedra angular de una nueva estrategia.

Hoy, menos de tres años después, Helios ya no es un simple campus de minería reciclado. Es el centro de la gran apuesta de Galaxy por reinventarse como uno de los mayores propietarios de infraestructura para Inteligencia Artificial en Norteamérica.

De la fiebre del Bitcoin al hambre de electricidad

La clave de esta transformación está en entender cómo ha cambiado la escasez en la economía digital. Durante años, el cuello de botella fueron los chips: primero CPUs, luego GPUs, finalmente los sofisticados aceleradores de Nvidia. Se asumía que el verdadero límite para el avance del cómputo era la capacidad de fabricar semiconductores cada vez más potentes.

Pero en los dos últimos años esa percepción dio un vuelco. De repente, el factor crítico ya no era el silicio, sino la energía. Estados Unidos, tras décadas de demanda eléctrica prácticamente plana, ha visto cómo los pedidos de conexión a la red por parte de centros de datos se disparaban. Las colas para obtener un simple permiso de interconexión superan en muchos casos los tres años. Los transformadores de alta tensión pueden tardar más de veinticuatro meses en entregarse. En ese contexto, tener acceso inmediato a cientos de megavatios se ha convertido en un privilegio tan valioso como poseer un pozo de petróleo en el siglo XX.

Helios, situado en pleno corazón del sistema ERCOT de Texas, contaba ya con una interconexión aprobada de 800 MW y planes para escalar hasta 2,5 GW. Dicho de otra forma: un único emplazamiento con potencial de albergar más del 2% de toda la capacidad de los centros de datos de Estados Unidos. Y justo cuando el mercado empezó a entender que los grandes modelos de IA necesitan auténticas ciudades eléctricas para entrenarse, Galaxy ya tenía esa joya en sus manos.

Mike Novogratz no es un hombre dado a la modestia impostada, pero en este caso ha repetido una y otra vez una idea: “Tuvimos suerte”. La compañía no compró Helios porque previera el auge de la IA ni la crisis de capacidad en la red. Compró porque era barato, porque podía hacerlo y porque se ajustaba a su filosofía de balance fuerte y activos diversificados.

Lo que diferencia a Galaxy no es haber predicho el futuro, sino haber tenido la flexibilidad de apostar todo a esa carta cuando la oportunidad apareció. En palabras de Chris Ferraro, presidente y director de inversiones de la firma: “El momento en que entendimos que el cuello de botella no eran ya los chips sino la energía, supimos que Helios no era un apunte contable: era la estrategia”.

Ese cambio de mentalidad llevó a Galaxy a abandonar por completo la minería de Bitcoin, un negocio en el que las dudas sobre la rentabilidad a largo plazo son crecientes, y a volcarse en reconvertir Helios en un campus pensado desde cero para la IA.

El modelo: un REIT tecnológico disfrazado de holding cripto

La reconversión de Helios no consiste en llenar las naves de nuevos servidores. Es mucho más compleja. Galaxy ha apostado por un modelo similar al de las grandes inmobiliarias cotizadas de centros de datos (REITs): invertir en la infraestructura básica —potencia eléctrica, refrigeración líquida, fibra óptica— y luego alquilar el espacio bajo contratos a largo plazo, en formato triple-net.

El acuerdo con CoreWeave, uno de los hiperescaladores de GPU más agresivos del mercado, ha sido el gran espaldarazo. A partir de 2026, CoreWeave empezará a ocupar el campus en fases, pagando unos 720 millones de dólares al año en alquiler base, con incrementos anuales y márgenes de hasta el 90% para Galaxy.

“Es un contrato que se parece más al de un gasoducto o una autopista que al de una granja de servidores”, explica un analista de infraestructura que sigue de cerca el sector. “Ingresos predecibles, costes trasladados al inquilino y contratos de más de una década. En un negocio de tanta volatilidad como el de las criptomonedas, es como pasar de surfear en una tormenta a sentarse en una silla de inversiones de largo plazo”.

El fantasma de la concentración y el riesgo CoreWeave

Por supuesto, no todo es lineal. El gran riesgo de Galaxy en esta primera etapa es la concentración en un solo cliente. CoreWeave, pese a su crecimiento meteórico y sus contratos multimillonarios con clientes de IA, sigue siendo una compañía joven, muy dependiente de la financiación y aún con mucho que demostrar.

Algunos inversores temen que apostar tanto a un único arrendatario pueda volverse en contra si el ciclo de la IA se ralentiza o si CoreWeave tiene problemas de liquidez. Desde Galaxy lo reconocen, pero matizan: “Lo que nos importa no es tanto la calificación crediticia tradicional como la capacidad de entregar a tiempo, pagar las subidas pactadas y renovar con mayor densidad a medida que las generaciones de GPU evolucionan”.

El plan, además, no es quedarse solo con CoreWeave. A medida que se aprueben nuevas fases de interconexión, Galaxy prevé diversificar su base de inquilinos con grandes nubes públicas y otros actores especializados en IA.

El desafío técnico: diseñar para la próxima generación de GPUs

Reconstruir Helios implica también anticiparse a un futuro donde las necesidades técnicas cambian cada dos o tres años. Los ASICs para Bitcoin podían refrigerarse con aire. Los sistemas Blackwell de Nvidia, y los que vendrán, requieren refrigeración líquida directa al chip, densidades mucho más altas y redes de interconexión capaces de unir decenas de miles de GPUs en clusters de entrenamiento masivo.

Cada fase de Helios se está diseñando con esa lógica. Lo que se inaugure en 2026 no será idéntico a lo que se active en 2027 o 2028. Cada trazo incorpora las últimas innovaciones en refrigeración, con el objetivo de ofrecer a los inquilinos infraestructura que no quede obsoleta en cuanto aparezca la siguiente generación de aceleradores.

La cercanía relativa a Dallas–Fort Worth, a unas 250 millas, añade un plus. Con rutas de fibra optimizadas, Helios podrá servir tanto para entrenamientos de modelos a gran escala como para ciertas cargas de inferencia que no requieren latencias ultrabajas.

De la narrativa cripto a la narrativa industrial

El mercado aún no sabe cómo valorar a Galaxy. Ni es un banco de inversión cripto al uso ni un REIT puro de centros de datos. Es un híbrido, un holding con negocios financieros que generan flujo de caja y un campus eléctrico-digital que podría situarse en el top 5 de Norteamérica.

Esa rareza explica por qué la acción todavía no refleja el potencial. Los analistas hablan de una infravaloración evidente: balance por unos 6 dólares por acción, negocio cripto por otros 14, Helios por 25. Un valor razonable en torno a 45 dólares hoy, con la posibilidad de superar los 100 si la ejecución es impecable.

Pero para que el mercado compre la narrativa, Galaxy necesita hitos tangibles: permisos, contratos, fases energizadas, ingresos en caja. “La historia es creíble, pero todavía es promesa. En cuanto se vea el flujo de caja real, la revalorización puede ser explosiva”, resume un gestor de fondos en Nueva York.

Más allá del destino de una compañía, Helios simboliza algo más profundo: la nueva geopolítica del cómputo. Si en los años 2000 el gran activo eran las redes de fibra y en la década pasada los grandes centros urbanos de datos, en los próximos diez años lo decisivo será la capacidad de transformar electrones en cómputo de IA.

Esa capacidad no depende solo de ingenieros o algoritmos, sino de permisos de conexión, acuerdos con las utilities y disponibilidad de recursos como agua o suelo. Por eso Helios, un proyecto nacido casi por accidente, se ha convertido en un caso de estudio sobre cómo el poder eléctrico se transforma en la nueva moneda del capitalismo digital.

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