Durante años, Alphabet ha sido percibida como una de las compañías mejor posicionadas para absorber cualquier disrupción tecnológica. Su dominio en la publicidad digital, su balance robusto y su control de infraestructuras críticas le permitieron navegar transiciones anteriores con relativa comodidad. Sin embargo, la actual carrera por la inteligencia artificial generativa está obligando al gigante de Mountain View a reconocer, con una franqueza poco habitual, que el nuevo paradigma no solo ofrece oportunidades, sino también riesgos estructurales de primer orden.
Esa admisión aparece de forma explícita en su último informe anual, donde por primera vez la compañía detalla cómo el auge de la IA podría afectar a su negocio publicitario, la joya de la corona que todavía explica la mayor parte de sus ingresos. Al mismo tiempo, Alphabet ha regresado con fuerza a los mercados de deuda para financiar un despliegue masivo de infraestructura, una señal clara de que el coste de competir en esta nueva era tecnológica es mucho más elevado —y menos predecible— de lo que muchos inversores asumían.
La factura invisible de escalar la IA
El desafío inmediato no es conceptual, sino físico. Entrenar y ejecutar modelos de lenguaje a gran escala exige una capacidad de cómputo descomunal, alimentada por chips especializados, centros de datos y una red eléctrica cada vez más tensionada. En su documento remitido a la SEC, Alphabet reconoce que está firmando acuerdos de arrendamiento significativos con operadores externos para cubrir esa demanda, una estrategia que incrementa tanto los costes como la complejidad operativa.
La empresa también advierte del riesgo de terminar con capacidad excedente si la demanda no evoluciona como se espera, un escenario especialmente delicado cuando se trata de compromisos comerciales de gran tamaño y larga duración. En otras palabras, la IA no solo requiere inversiones colosales, sino que introduce rigideces financieras difíciles de revertir si el mercado gira o la tecnología avanza más rápido de lo previsto.
Las cifras ayudan a dimensionar la magnitud del reto. Alphabet estima que su gasto de capital podría alcanzar los 185.000 millones de dólares este año, más del doble de lo invertido en 2025. Para sostener ese esfuerzo, la compañía prepara una emisión de deuda cercana a los 20.000 millones de dólares, repartida en varios tramos y que incluiría incluso un bono a 100 años denominado en libras esterlinas. El apetito del mercado parece, por ahora, intacto: algunas fuentes apuntan a que la operación está ampliamente sobresuscrita, reflejo de la confianza que aún despierta la solvencia del grupo.
Esta no es una maniobra aislada. Alphabet ya acudió al mercado en noviembre con una colocación de 25.000 millones de dólares, lo que ha llevado su deuda a largo plazo a multiplicarse por cuatro en apenas un año. Para la directora financiera, Anat Ashkenazi, el mensaje es claro: la ambición tecnológica debe equilibrarse con disciplina financiera, incluso en un momento en el que la presión competitiva empuja a gastar sin mirar atrás.
Gemini, usuarios y la sombra sobre la publicidad
En el centro de la estrategia de IA de Google se encuentra Gemini, su modelo de lenguaje y asistente conversacional, diseñado para competir directamente con las propuestas de OpenAI y Anthropic. Según explicó el consejero delegado Sundar Pichai, la aplicación de Gemini ya supera los 750 millones de usuarios activos mensuales, una cifra que crece trimestre a trimestre y confirma la rapidez con la que la IA generativa se está integrando en el consumo digital cotidiano.
Ese éxito, sin embargo, trae consigo una paradoja inquietante. A medida que los usuarios recurren a asistentes de IA para obtener respuestas directas, podría disminuir el uso tradicional de los motores de búsqueda, alterando el modelo de publicidad basado en enlaces y consultas. Alphabet reconoce este riesgo de forma explícita por primera vez, admitiendo que no existe garantía de que los nuevos formatos publicitarios asociados a la IA consigan compensar una eventual erosión del negocio histórico.
Hasta ahora, los resultados financieros invitan al optimismo. Los ingresos publicitarios crecieron un 13,5% interanual en el último trimestre, hasta superar los 82.000 millones de dólares, lo que sugiere que la canibalización aún no se ha materializado. Pero la propia inclusión de este escenario en el apartado de riesgos refleja un cambio de tono: la compañía asume que el liderazgo tecnológico ya no asegura, por sí solo, la estabilidad del modelo económico.
Una carrera que redefine a los gigantes tecnológicos
Alphabet no está sola en esta encrucijada. Microsoft, Meta y Amazon también están incrementando su gasto de capital a ritmos inéditos, con un aumento conjunto superior al 60% respecto a los máximos de 2025. Todos persiguen el mismo objetivo: asegurarse una posición dominante en la infraestructura que sostendrá la próxima década de servicios digitales.
La diferencia es que Alphabet, más que ninguna otra, depende de que esa transformación no socave su principal fuente de ingresos. La empresa que organizó la información del mundo se enfrenta ahora al reto de reinventar la forma en que la monetiza, mientras financia una infraestructura cuyo coste y complejidad recuerdan más a los de una compañía industrial que a los de una firma de software.
En última instancia, el mensaje que emerge de sus últimos movimientos es tan ambicioso como prudente. La inteligencia artificial representa una oportunidad histórica, pero también un test de resistencia financiera y estratégica. Alphabet parece dispuesta a pagar el precio de liderar esa transición, aun sabiendo que el verdadero riesgo no es quedarse atrás, sino avanzar demasiado rápido sin la certeza de que el antiguo motor de beneficios sobrevivirá intacto al viaje.